febrero 26, 2024

Vacaciones en Mazatlán y Culiacán (fragmento)

Vacaciones en Mazatlán y Culiacán (fragmento)

Grant Shepherd

El autor de esta narración es un norteamericano originario de Washington DC, quién, a la edad de cinco años, en 1880, fue llevado por su padre, Alexander Robey Shepherd, a vivir a la comunidad de Batopilas, ubicada en Barrancas del Cobre, dentro del territorio del estado mexicano de Chihuahua.

En la sierra Tarahumara, Alexander adquirió y explotó unas minas de plata. Como inversionista astuto y de carácter decidido, supervisó personalmente el funcionamiento y la productividad de yacimientos para garantizar su rentabilidad.  Cuando vio los resultados económicos exitosos de su empresa, decidió establecerse y vivir en Batopilas. Durante el período de 1880 a 1906, las minas produjeron aproximadamente un millón de onzas de plata al año, convirtiéndolo en un hombre acaudalado. Esta prosperidad lo llevó a construir en el mineral una finca que cumplía con los estándares de la alta sociedad estadounidense, una vez terminada, mandó traer desde Columbia a su esposa Mary Grice Young junto con sus siete hijos para que se unieran a él en su nueva vida.

Uno de ellos, Grant Shepherd (1875-1939), se convirtió en ingeniero en minas y en un profundo conocedor de estas tierras, como lo demostró en su obra mencionada. A pesar a su prolongada estadía en territorio mexicano, nunca perdió su arraigo y amor por su país natal, los Estados Unidos. Su patriotismo lo llevó a enlistarse en el ejército norteamericano y participar en la Primera Guerra Mundial como parte del 23oRegimiento de Infantería, que formó parte de la 2da División de la Fuerza Expedicionaria Americana (AEF). Durante este conflicto, destacó por su extraordinario valor en acción durante las batallas de Château-Thierry y Soissons, Francia, que tuvieron lugar en los meses de junio y julio de 1918. Su destacada conducta en combate le valió el reconocimiento y la concesión de la Cruz de Servicio Distinguido, un honor militar significativo.

Grant también fue un observador perspicaz y un narrador talentoso. Dejó un valioso legado al documentar sus impresiones y recuerdos de sus experiencias en territorio mexicano. A través de sus escritos, proporcionó una visión única de México a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, lo que contribuye a nuestra comprensión de la historia y la cultura de esa época.

La obra original, titulada «The Silver Magnet: 30 Years in a Mexican Silver Mine», fue publicada en New York en 1938 por la editorial EP Dutton & Co., Inc., esto ocurrió un año antes de la muerte del autor, cuyos restos descansan en el panteón Walker's Funeral Home en la ciudad de Hillsborough, Carolina del Norte. La versión en español se debe a Concepción Montilla de Camu quien la tradujo y renombró como «Batopilas. Entraña de Plata», el libro se imprimió en Ciudad Juárez en 1966. En 2003, el gobierno del estado de Chihuahua financió una edición especial de esta obra y se tituló «Batopilas. Magnate de Plata». Esta edición especial fue impresa por el Centro Librero La Prensa, S.A. de C.V. La obra de Grant Shepherd ofrece una visión fascinante de su experiencia en las minas de plata mexicanas y arroja luz sobre la historia y la cultura de la región en ese período histórico.

En los capítulos XVII y XVIII, el autor relató, sin especificar fechas, un viaje que comenzó en Batopilas y tuvo como destino final la ciudad y puerto de San Francisco. Transitar por la ruta, sierra Tarahumara – Océano Pacífico, significó marchar a lomo de bestia desde Batopilas hasta Choix, luego a El Fuerte; donde abordó una diligencia que lo llevó a Culiacán. Después de dos días de descanso continuó su viaje como pasajero del «Tacuarinero», un pequeño tren del Ferrocarril Occidental de México, cuya angosta vía sirvió para trasladarlo primero a Navolato y después al puerto de Altata, donde lo esperaba un pequeño buque de vapor que lo transportó a Mazatlán, para luego abordar otro buque que lo condujo a San Francisco. Bueno, dejemos que este norteamericano nos cuente parte de su aventura, a partir de Culiacán y hasta su llegada a Mazatlán, lo demás se encuentra resguardado en el interior de su obra. (Rosendo Romero Guzmán).

Culiacán no era un pueblo tan feo después de todo y teníamos un día y dos noches para permanecer ahí, pasear y conocer mucha gente haciendo nuevas amistades antes de ir por la angosta vía del ferrocarril rumbo a Altata. En Altata el vapor de la costa nos recogería para conducirnos a Mazatlán donde nos embarcaríamos para San Francisco. Una preciosa y encantadora, aunque pequeña ciudad, era Mazatlán; pero primero veamos Culiacán; tomando nuestro equipaje nos dirigimos al hotel después de dar al cochero una buena propina para asegurar nuestras relaciones. Entramos al sombreado patio por una ancha puerta, llegamos al escritorio y asiento mi nombre en el libro de registro, enseguida ordenó una cantidad extra de agua para poder quitarme bien todo el polvo del camino y subo la inclinada escalera de piedra hasta el segundo piso, ahora nos encontramos dentro de una limpia y bien ventilada habitación.

¡Ah qué alegría y bienestar experimento al lavarme echándome agua fresca una y otra vez!... feliz de poder meterme dentro de unas ropas limpias, puedo escuchar la banda de música tocando en algún lugar no lejos de ahí. El sol se va perdiendo en lontananza y en todo el ambiente se respira felicidad. Después de tomar un vaso de cerveza me siento satisfecho y ansioso de ir afuera y mirar a la gente y el paisaje. Al salir encuentro en el patio a una atractiva mujer cortando flores. A mi respetuosa “Buenas tardes señora”, ella responde y se presenta, es la esposa del propietario. Esta señora tiene una hermana en Batopilas, la esposa de Don Teófilo Orduño, naturalmente yo le conozco a él muy bien y de pronto recuerdo que tengo una carta para ella: vuelvo a subir las escaleras rápidamente y me dirijo a mis velices para buscarla. Agradeciendo con una sonrisa mi entrega de la misiva la señora se retira para leerla a su esposo…la gente mexicana es siempre sincera y leal en sus relaciones.

El inconfundible ruido de los dados llega a mis oídos y me indica que la cantina está sobre ese lado del patio en la esquina, naturalmente ese es mi camino a seguir para encontrar un vaso de cerveza bien helada como no ha sido disfrutando en mucho tiempo. El cubilete con los dados lo tienen dos individuos que parecen americanos, uno de ellos es el hombre más grande y foronido que he visto en mi vida, el otro es bastante más chico con una jovial y redonda faz, la clase de cara que a pesar de verse expuesta por años y años al cálido sol del trópico persiste en quemarse y dejar la piel llena de ampollas y escarapeladas.

- “Jim Coley”- dice el hombre alto- “a sus órdenes”.

- “Patrick Flynn”- Agrega a su vez él otro.

El fornido es de San Antonio, Texas y dice con verdadero orgullo y satisfacción es sin duda un “Texano” de corazón, el otro es de San Francisco. El primero es vendedor de bombas, bombas para aguas grandes y potentes como el mismo, el otro es hijo de Erin un buen hombre irlandés tan bueno como no conocí a nadie más y es comprador de metal a los gambusinos. Ambos están llenos de alegría, con esa alegría extra que proporciona el vino cuando es bueno y se tiene habilidad para saber tomarlo. Es un placer me dicen ellos, tener contacto con un compatriota, por lo tanto, me hacen una cordial bienvenida como si yo fuera un hermano al que no habían visto en mucho tiempo.

- “Me parece haberlos oído decir que ustedes eran los únicos americanos aquí, ¿quién es ese camarada de aspecto enfermizo que juega póker usando naipes mexicanos con ese par de gachupines? - ¿El?, ah sí!... se me había olvidado, es un pobre hombre enfermo del pulmón que vino aquí en busca de salud y se ha aferrado a mí como si yo fuera su tabla de salvación. Con este ya son tres días que ese par de pillos le han estado tomando por su cuenta… ¡qué demonios! Eso no está bien, voy a sacarlo del atolladero. He intentado hacerlo antes pero este condenado irlandés me encontró después de la comida, me invitó algunas copas que me trastornaron un poco el seso y se me olvidé de él, luego entre copa nos pusimos a jugar y ahí están las consecuencias, dijo señalando a su amigo y se puso en acción rápidamente dirigiéndose a la otra mesa, entonces me di el gusto de presenciar la más discreta manipulación de cartas que jamás había visto. Coley llegó con un paquete de bajaras nuevo en la mano y pidió permiso para incorporarse al grupo de jugadores, el par de españoles se mostraron encantados pensando que sería otra presa fácil de esquilmar a quien podrían hacer víctima de sus trucos y mañas; las manos se sucedían una tras otra y las cartas caían en silencio y sin interrupción sobre la mesa. Coley comenzó perdiendo y mirando sus cartas gruñía y fruncía el entrecejo queriendo manifestar su descontento por el juego que le venía. El dinero sobre la mesa iba en aumentando. Hacía más o menos una hora que el juego había empezado, cuando el más viejo de los gachupines sugirió que no hubiera límite en las apuestas, sin duda la avaricia se había despertado en él cuando el americano enfermo había sacado en una ocasión su cartera mostrando una buena cantidad de billetes. Me imaginé que Coley aceptaría con aparente disgusto la sugestión y así sucedió; el hombre enfermo se encogió de hombros y dejando ver su indiferencia por todas las cosas de la vida, murmuró: ¡Qué caray; para mí es lo mismo que sea esta semana o la siguiente!”. Y sin pensarlo más apostó.

Casi inmediatamente Coley y su amigo empezaron a ganar, cada vez que se daban cartas las mejores estaban en manos de nuestros camaradas que recogían con júbilo las ganancias demasiados grandes, según mi modo de pensar.

Yo observaba lentamente al irlandés que en un momento dado elevando la ceja me guiñó un ojo entonces comprendí que Coley era el dueño de la situación, solamente una hora había necesitado para entrar en posesión de todo lo que había en la mesa y entonces aventó sus barajas y se levantó.

En una o dos ocasiones uno de los contrincantes había querido retirarse, pero su compañero se había negado porque tenía esperanza de reponerse confiado en su destreza, pero cuando se dio cuenta de que tenía un rival superior era demasiado tarde, había perdido todo.

Coley dirigiéndose a su amigo enfermo le preguntó: - “¿Cuánto es lo que este par de mañosos te han ganado?”- “He perdido más o menos quinientos pesos”- “Tú los perdiste pensando que ellos jugaban limpio y de buena fe, pero estos sinvergüenzas te han estado robando”- dijo Coley contando el dinero que tenía frente a él, quinientos pesos que entregó a aquel pobre camarada. Enseguida uno de los españoles poniéndose de pie le increpó violentamente y en rudo lenguaje su modo de expresarse.

- “Espérese amigo” –dije yo entrado en acción y de un firme manotazo lo senté nuevamente en su silla- “más vale que se esté quieto y es un hombre listo y sabe lo que conviene mejor se queda callado y se toma su medicina de paz”, -dije acercándole su copa y agregué: “acaba de ser despojado por el nieto del hombre que inventó el póker, así que no discuta pues si lo sigue insultando él puede además retorcerle el pescuezo como a una gallina”.

-“Oye minero”- dijo Coley dirigiéndose a mí, - “tú que hablas este idioma mejor que el piloto que dirigía la nave de Cristóbal Colón, diles a este par de pillos que para mí ya son viejos y están muy gastados estos truquillos que quisieron usar, diles que obré con ventaja, que al dar las cartas ya conocía su juego y escogía las mejores para mí, que lo hice para devolverle a este pobre diablo lo que le estaba quitando; yo voy a tomar únicamente lo que metí en las apuestas lo demás ahí se los dejo, que recojan su dinero y se larguen lo más lejos que puedan y no se vuelvan a parar por aquí cuando yo esté, pues la próxima vez no van a salir tan bien librados”. Traduje el mensaje de mi nuevo amigo y los dos españoles humillados y coléricos guardaron su dinero y se dirigieron hacia la puerta; uno de ellos se volvió a insultarnos, pero yo acostumbrado a tratar gente necia me desabroché el saco apoyando mi mano sobre la pistola 45 que llevaba fajada y lo empujé violentamente hacia afuera al mismo tiempo que decía: - “Mire mi amigo, yo no sé quién es usted ni de dónde viene ni me importa saberlo, yo vengo de la sierra y sé cómo tratar a los valientitos”.

Pasado este incidente nos fuimos a cenar. Por cierto, que la cena fue preparada con especial esmero y estaba deliciosa, la razón era aquella carta que traje con noticias de la familia de estas buenas gentes desde Batopilas. Durante la cena Coley nos divirtió con interesantes relatos de sus aventuras y aunando éstas con lo que le había visto hacer en la tarde, pude darme cuenta de que era un hombre de mucho mundo y gran experiencia de la vida.      Pasado este incidente nos fuimos a cenar. Por cierto, que la cena fue preparada con especial esmero y estaba deliciosa, la razón era aquella carta que traje con noticias de la familia de estas buenas gentes desde Batopilas. Durante la cena Coley nos divirtió con interesantes relatos de sus aventuras y aunando éstas con lo que le había visto hacer en la tarde, pude darme cuenta de que era un hombre de mucho mundo y gran experiencia de la vida.

Cuando él tenía apenas dieciséis años de edad era un muchachón que bien podía pasar por un hombre de veintiuno o veintidós y consiguió su primer empleo como guardafrenos en el ferrocarril de Santa Fe, trabajó por varios años con la misma cuadrilla conduciendo luego trenes de carga. En aquellos días era mucho más fácil que ahora hacer esas corridas transcurrían lentas y tediosas; para matar el tiempo el conductor que era seguramente el más hábil y deshonesto jugador de cartas en el suroeste, enseñó a Coley todas las diestras manipulaciones que conocía y por la constante práctica jugando con él, Coley llegó a ser tan ducho como su maestro. Sus inmensos, pero rápidos dedos hacían el trabajo con admirable precisión.

Cuando tuvo veintiocho años de edad decidió dejar de jugar por dinero al darse cuenta de que la tentación de defraudar al prójimo se iba haciendo un hábito en él, no obstante siguió practicando jugando de vez en cuando con sus amigos íntimos haciéndose el “gracioso” con las cartas para no perder la agilidad de sus manos y se hizo el firme propósito de salvar a tantos inocentes como fuera posible que estuvieran siendo sacrificados por los tahúres profesionales; indudablemente la vida le había proporcionado infinidad de veces la oportunidad de realizar su buena obra.

Coley tenía un gran sentido del humor y era buen amigo, honesto y bondadoso, nos platicó que pocas veces había encontrado alguien igual o mejor en el juego de naipes y con gusto se ponía mano a mano con un fullero profesional. Le encantaba hacerse el inocente y siempre encontrar excusas para retirarse cuando se daba cuenta que había encontrado la horma de su zapato.

Nos pusimos de acuerdo para hacer juntos el viaje a Altata y Mazatlán. La angosta vía del ferrocarril entre Culiacán y el puerto de Altata era la orgullosa poseedora de un pequeño tren que jalaba cinco carros de pasajeros. Estos carros consistían en una tarima sobre ruedas con un tejadillo que apenas servía para mitigar los candentes rayos de sol, construido de ásperas tablas que cubrían también los lados dejando unos boquetes sin vidrios que presumían de ser ventanas.

El pequeño tren era cargado a su máxima capacidad y la locomotora jalaba los carros a veces con alguna dificultad y lentitud. En esta maravilla de ferrocarril mi amigo y yo emprendimos el camino rumbo a Altata.

Una fiesta de varios días de duración había atraído una gran cantidad de gente a Navolato que está situado a pocos kilómetros de Culiacán y la multitud que había venido a la feria aprovechaba la ocasión para visitar amigos y familiares antes de volver a sus casas. Su tiempo había terminado y ellos iban tomando el tren de vuelta a sus hogares en los pueblos a lo largo de su ruta hacia la costa. Algunos iban tan lejos como Mazatlán.

Estos residentes de Mazatlán eran fáciles de distinguir por sus cosmopolitas vestiduras, el rouge en la cara de las mujeres y la impecable apariencia y modales de los hombres; las mujeres del campo usan la común blusa de algodón apropiada para el clima, fácil de lavar y faldas muy amplias bien almidonadas y planchadas. El almidón era hecho con un poquito de harina y agua, la pequeñísima plancha había sido calentada probablemente sobre un bracero con carbón de encino. Hacer carbón constituye una ardua tarea, sobre todo el acarreo que debe efectuarse en costales y desde regiones especiales casi siempre cubiertas de cactus.

Al medio día llegamos a Navolato donde había una enorme plantación de caña con su respectivo ingenio, un molino y alambique donde un poco era convertida en una bebida especial que la gente del oeste llama “ron”. Los sinaloenses no le llaman de este modo, ellos lo dignifican un poco más, lo envasan en vistosas botellas con etiquetas y aristócratas nombres entre los cuales el más popular es el “cogñac”; fue en ese lugar donde vine a saber que el licor con que estaba tan familiarizado en la sierra era nada menos que “cogñac”.

Coley me llevó con él cuando fue a la oficina y almacén de depósito de la compañía donde el propietario llenó una canasta con diferentes clases de botellas que le obsequió para fortalecernos en nuestro viaje por mar que sería de unas catorce horas aproximadamente y le dio también una letra de cambio para una casa en Mazatlán por una fuerte suma de dinero. Coley como dije antes, vendía bombas y hacía poco había instalado para el ingenio un juego de ellas con capacidad suficiente para extraer toda el agua necesaria desde el río hasta los canales de irrigación, gracias a esto era posible obtener el azúcar y el licor tan apreciados en esta región. No había modo de escapar al ensordecedor y constante martilleo de los motores que repercutía en las cabezas de los habitantes de este pueblecito y otros circunvecinos pero la recompensa se recibía al saborear el café bien endulzado o cuando el ánimo de la gente se caldeaba después de algunas libaciones.

A la hora de la comida fuimos en busca de Don Tomás para saludarlo y él enseguida tomó algunas medidas para que pudiéramos comer nuestros alimentos con tranquilidad. Este inteligente y precavido señor mandó a cuatro de sus peones sentarse en el coche de pasajeros para guardar nuestros lugares, de no haberlo hecho así con seguridad hubiéramos tenido tablón saliente o cualquier improvisado asiento porque era sumamente difícil hallar acomodo entre los muchos pasajeros que viajaban apretujados como sardinas en aquel pequeño tren.

Hicimos además de las paradas reglamentarias algunas otras que fueron necesarias para recoger a aquellos que se habían caído a fuerza de tantos empujones; al fin en una calurosa tarde llegamos a la costa. Nos dirigimos al muelle donde estaban anclados los más chiquitos barcos que jamás he visto, no podía imaginar que estos vaporcitos pudieran cruzar las aguas del océano sin llevar niñeras.

Nuestro capitán era un joven mexicano enfundado en su inmaculado traje blanco que se hallaba totalmente borracho y armaba un gran alboroto maldiciendo y aullando a grito abierto. Sin importarle la gente que lo escuchaba además de los rudos marinos que en el embarcadero o en sus chalanes atendían sus deberes, nuestro capitán hacía referencia de los ancestros de todos ellos extendiendo sus recuerdos a muchas generaciones atrás.

Para que no hubiera variación del viaje anterior todos los pasajeros nos vimos enlatados nuevamente a bordo, el ancla fue elevada y nuestro vapor avanzó a través de la barra, la última mitad del sol nos pegaba de lleno en la cara; considerando el tamaño del barco nos llamó la atención un espacioso salón que en él había y en el cual todos los viajeros fueron embutidos sin faltar nosotros desde luego.

De repente, en un acontecimiento inesperado, un fuerte y violento chubasco se abatió sobre nosotros a eso de las diez de la noche, el pequeño barquito era un juguete entre las embravecidas olas que lo bañaban. Aquello se convirtió en una tormenta de todos los diablos y pronto todo estaba empapado; las velas rotas sobre el puente, destruidos los vidrios de las claraboyas del salón y se escuchaban los gritos de terror de las mujeres, maldiciones de los hombres, chillidos de los chamacos, había lágrimas de sentimiento, de coraje, de desesperación… De pronto tan rápidamente como había empezado, la tormenta amainó y todo pasó paulatinamente de las maldiciones a las oraciones de gracias y al poco rato, al sueño. Todo se hallaba en calma cuando otra fuerte sacudida nos hizo despertar empapados y aturdidos, el mar se había picado nuevamente y el desorden cundió otra vez a bordo; oraciones y promesas de los penitentes surcaban el aire implorando a todos los Santos del cielo. En la confusión muchos se peleaban tirándose unos a otros al suelo o eran estrellados contra la pared por insidiosos busca pleitos.

En medio de la lucha de aquella gente amotinada y algunos, que de rodillas rezaban, de pronto y sin saber cómo me encontré a gatas con dos pesados brazos alrededor de mi cuello que casi me asfixiaban, este estado de asfixia era más agudo debido a la cantidad de perfumes baratos mezclados con otros aromas un tano denigrantes que me envolvían; el bramar del viento huracanado era una suave brisa de verano comparado con los roncos gritos de la anciana mujer que buscaba a una muchacha que venía con ella y entre el barullo se le había perdido. Esta pobre vieja estaba vaciando en mi oído una verdadera catarata de oraciones a todos los Santos del calendario; Coley permanecía parado firme como una roca, su espalda contra la pared y sus piernas como pilares servían de sostén a media docena de mujeres que de él se colgaban. De esto pude darme cuenta cuando tan súbitamente como entramos en la tormenta salimos de ella y la brillante luz de la luna inundó el interior del salón. Mi amigo y yo después de un breve instante que ocupamos en poner en orden nuestros pensamientos salimos a cubierta a respirar aire puro y entre risas y bromas empezamos a comentar lo sucedido.

“Este barco es sin duda muy pequeño”-observó Coley, -pero muy bueno, cualquier otro con esta cantidad de genta a bordo hubiera dado la maroma mandándonos a todos al infierno”.- “Bueno, agregué yo, ¿qué te parece si me presentas al coro de muchachas que llevabas contigo?, ¿a cuantas acostumbras abrazar al mismo tiempo?, si yo hubiera hecho lo mismo podría haber perdido mi cartera y mis libretas de apuntes y en verdad no estoy dispuesto a dar a nadie la oportunidad y el placer de tomar mis cosas y escabullirse con ellas en medio de la confusión y la oscuridad. Una pareja de estos tipos vivos daba indicaciones simulando organizar a la gente metiéndose en las narices de todos nosotros, pero con muy distintos finos de los que aparentaban. Debes saber mi buen amigo que el instinto adquisitivo de lo ajeno está altamente desenvuelto en algunos cristianos. Digo cristiano por las exclamaciones que todos tenían hace un rato. ¿No escuchaste como aclamaban a todos los Santos habidos y por haber? Bueno de aquí deduzco que todos deben ser muy buenos cristianos”.

Llegamos a Mazatlán con sólo dos horas de retraso y encontramos ese pequeña pero hermosa ciudad ataviada con sus mejores galas celebrando el día de Todos Santos; habían sido declarados días de fiesta el primero y dos de noviembre y se amenizaban con corridas de toros y bailes de todas clases, es decir de primera, segunda y tercera. No hay lugares demasiado llenos, no hay sentimientos de timidez ni pretensiones más allá de las que puede tener la clase con que cada quien se reúne, según la gente que a cada lugar asiste. Yo me presenté con nuestros agentes y banqueros Hernández, Mendía y Cía., hicieron efectivas mis letras de cambio y tuve una entrevista con el jefe de la institución; él me dijo que enviaría a mi hotel la invitación para un baile de esa noche y boletos para la corrida de toros del día siguiente. Esta corrida sería una cuadrilla de toreros profesionales y para tres de los toros los picadores serían conocidos hombres del distrito que irían montados en sus más finos caballos encabezando un desfile al iniciar la corrida. Después de dar gracias a este hospitalario y amable caballero nos dirigimos a toda prisa al hotel a desempacar de nuestros velices los trajes de etiqueta y ordenar que fueran planchados mientras nosotros pasamos el resto de aquella calurosa tarde viendo unas peleas de gallos, dichas peleas eran lo mismo que cualesquier otra a excepción de que éstas eran interestatales y en consecuencia las apuestas eran más elevadas que de costumbre. Fluctuaban entre mil a diez mil pesos: La manera más excitante que jamás conocí de perder o ganar rápidamente grandes sumas de dinero.

Es inmensa en realidad la animación y expectación casi delirante que los mexicanos encuentran en las peleas de gallos...

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