Francisco Martínez Rodríguez
Entre las leyendas singulares y raras que se cuentan en el pueblo, destaca entre la población, mayor de edad, una historia muy vieja, casi olvidada y desconocida para las nuevas generaciones; es la referente a la campana de oro.
Es parte de la creatividad de los relatores que tuvieron nuestros antepasados y que nos legaron en forma de bonitas historietas, como una herencia de hechos culturales y crónicas orales de la época colonial de Quilá.
La leyenda de la campana de oro, surge con más fuerza a raíz de la muerte de doña María Chávez Camarena, una dama que llegó de San Lorenzo y vivió hasta su fallecimiento por la calle Hidalgo, en una casona que fue reconstruida hace más de cincuenta años, antes hubo muchos relatos fantásticos y mitos que hacían referencia a las apariciones de diferentes entes que supuestamente cuidaban las riquezas que dejó en ese lugar don Carlos María y Ochoa, al parecer, el dueño original de este edificio de principios del siglo XIX.
La propiedad la compró don José Meljem, un árabe, que se casó con una hermosa mestiza del poblado de Quilá, doña Concepción Rodriguera, con quien formó una familia; hoy sus hijos sobresalen de manera importante en distintas actividades productivas en la sociedad de Culiacán.
El árabe, como se le conoció popularmente, fue un hombre activo e inquieto hablaba el español en un tono folclórico y gozaba las costumbres sinaloenses; además de que era inconfundible por su popularidad en el vecindario donde se le estimaba, llevó toda una vida de trabajo, seguramente, recordaba la patria que había dejado atrás.
Don José, fue muy aficionado a buscar tesoros ocultos, se dice, que por eso compró la propiedad de don Carlos María y Ochoa, al parecer un día encontró el entierro áureo en la finca. El árabe mandó remodelar la casa, le hizo en su portal una serie de grandes cuadros, dándole un toque caprichoso y una tendencia que todavía conserva típicamente arabesca, la residencia es hoy propiedad de los sucesores de María Chávez Camarena.
Sobre la campana de oro, se tienen tres versiones, que finalmente terminan en una hipótesis; por un lado, se informa que la trajeron unos frailes y la entregaron a una familia que estuvo viviendo por la avenida Jalisco. Otra versión es que fue traída desde la antigua capilla de San Juan Bautista de Santa Cruz de Alayá, o tal vez de la iglesia desaparecida del Real del Palo Blanco; en esta línea de aseveraciones, se cree que puede estar escondida o enterrada en el solar de la casa de los cuadros; este suceso pudo ser conocido desde principios del siglo XIX.
Pasan los años y todavía algunas personas recuerdan estos relatos llenos de fantasía y alegría, cuyas narraciones y composiciones históricas sirven para renovar y enriquecer las tradiciones del pueblo de Quilá.
Entre los relatos tradicionales más conocidos en Quilá y desde más de cien años, está el de la cruz aparecida; a quien se le atribuyen muchos milagros, es una leyenda impregnada de religiosidad; recuérdese que una aparición, es una manifestación fuera de todo lo natural, es una acción fantástica; podría afirmarse que es un acto milagroso y por lo tanto es de origen divino, algo extraordinario, más allá del entendimiento humano.
En la situación anterior podría estar lo relativo a la cruz aparecida; dado que ha traspasado la centuria y permanece como un testimonio que ofrecen las familias que descienden de doña Ruperta Corrales Villegas, en cuya casa tuvo lugar este suceso que todavía está presente en la memoria del pueblo de Quilá.
La presente versión fue proporcionada por la señora Cuquita Ayón Corrales, nieta de doña Ruperta, quien asegura que su abuela materna, siendo casi una niña se encontraba en una ventana de su casa jugando a las muñecas cuando fue vista por primera vez por don José Audelo, en ese entonces un joven empleado de don Joaquín Redo que trabajaba por el rumbo de Navito; este se enamoró a primera vista de Cuquita y así se lo hizo saber a la jovencita quien también le manifestó su amor, esto fue suficiente para que José solicitara audiencia a don Margarito Corrales y a doña Camila Villegas, padres de la jovencita, para solicitarles formalmente la mano de Cuquita.
Se asegura que fue la última pareja que contrajo matrimonio en la antigua capilla que tenía como patrona a Nuestra Señora de la Concepción; este enlace fue en el último cuarto del siglo XIX. Ya casados se fueron a radicar al poblado de Santa Cruz de Alayá, donde don José administraba una mina y la joven señora atendía un pequeño abarrote; estando en el poblado convivieron con el guerrillero Heraclio Bernal que en ese entonces empezaba sus andancias por la región de la sierra.
Con el paso de los años el matrimonio tuvo tres hijos, Pascual, Herlinda y Fernando, pero para desgracia para Cuquita y su prole, don José murió, dejando a la familia sin su ampara y al parecer con mucho oro, por eso la joven viuda mejor optó por regresar a su casa en Quilá, que estaba por la calle Desiderio Ochoa, precisamente donde hoy está el parque Zaragoza.
Como estaba muy joven y bonita, se volvió a casar con don Quintín Imperial que, por cierto - se comenta - era un desertor de las fuerzas del imperio de Maximiliano y que se refugió junto con sus hermanos en el pequeño pueblo de El Huinacaxtle. Dicen que el apellido Imperial es una alusión muy clara a la afiliación política de don Quintín. Con la unión matrimonial de doña Refugio y don Quintín nacieron una mujercita de nombre Refugio I. Corral y el joven Pedro I. Corrales, la I. es de Imperial.
Un día, posiblemente era primavera porque había muchas flores, cuando Pascual le avisó a su madre, doña Ruperta, que había descubierto en un horcón de la casa, al que se le estaban cayendo las cáscaras, un resplandor que cubría a una bella cruz que estaba bellamente resaltada. Dice que cuando madre e hijo llegaron a donde estaba la aparición, esta se encontraba custodiada por dos ángeles, sin duda, fue un momento místico que penetró en el corazón de doña Ruperta que era profundamente católica.
Fue un acontecimiento que todo el pueblo conoció y admiró en casa de doña Ruperta; también el sacerdote, se acercó y la vio, pero se alejó sin decir nada. El caso es que doña Ruperta le construyó una pequeña ermita de madera que todavía perdura, aunque ahora la casa es propiedad de un nieto de esta señora.
Se asegura que el pueblo con una imagen de tanto culto como la de Quilá, tendrá tres vigilantes; tres cruces, con un origen similar (aparecidas) para los creyentes y con toda una leyenda propia de un pueblo tan antiguo como Quilá.
Se sabe que las otras dos cruces hace años desaparecieron y la que quedaba, fue destruida por el fanatismo de alguien que la quemó. En la actualidad se está haciendo una réplica para el museo de Quilá.
En la comunidad se habla de un joven de blanco. A lo lejos se ve su silueta y en aquella colonia lo conocen y lo reconocen, allá es muy popular y todavía lo recuerdan con cariño y compasión.
Ahora dicen que vaga por los callejones del rumbo, que vive recorriendo las calles y la periferia del poblado, también se le ve paseando por las veredas y senderos de las parcelas aledañas; chicos y grandes conocen al joven de blanco, no es un joven cualquiera, estudió la primaria y la secundaria, en los deportes tuvo una buena actuación.
El joven de blanco es muy conocido por la gente, las personas de su barrio lo quieren, lo aprecian y lo defienden todavía. Su ropa de vestir está siempre lista, muy bien lavada y blanca, al joven le gusta vestir de blanco entero, como si fuera mensajero de la paz.
Sin duda que el joven de blanco había cambiado, se marginó de los que lo querían. Cada día que pasaba se encerraba más en sí mismo, se estaba alejando del seno hogareño. La madre fue la primera que sintió el vacío en su corazón; notó que algo andaba mal en la vida de su hijo adorado; el joven de blanco se callaba; el amor maternal no podía equivocarse y entonces fue cuando le empezó a dedicar muchas horas amorosas a ese pedazo de su alma. Lo apapachaba, lo llevaba a dar la vuelta por los jardines de su casa, salían juntos a recorrer los campos que rodeaban al pueblo, el joven de blanco, casi no hablaba, parecía que no escuchaba, estaba ausente, transparente, su espíritu muy lejos de la distancia, cerraba su conciencia, no había comunicación.
Tenía alguna parte de su mente en otros intereses, en otras alturas, en aquellos cielos de fuegos pirotécnicos y luces de colores eran los albores que le daban fuerza a sus emociones juveniles y con los halagos de sus nuevos amigos, sentía la presencia de la magia de los movimientos verdes y blancos que llegaban en sus autos de gran lujo. Todos los días sin faltar se iban a las huertas y a los valles sembrados de arroz, riqueza del campesino, en esos lugares encontraban el placer artificial que los transportaba a otros niveles de existencia, rugía las poderosas máquinas de las camionetas que arrasaban y todo lo que se interpusiera en su paso por los caminos vecinales, ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué malos vientos llegaron y entraron a la mente del joven y provocaron el cambio habitual del jovencito que viste de blanco?
Sin duda que fue en un momento un muchacho normal, lleno de energía, fuerte y alegre que jugaba sin descansar, tenía su pandilla, los vecinos lo recuerdan diariamente, los maestros de la primaría lo apreciaban, los de la secundaria lo admiraban. Fue la alegría de su hogar por muchos años, junto con sus hermanos iluminaba el trajín diario de la vida familiar, no había manchas, todo era cristalino en el ambiente cotidiano del vecindario.
Al amanecer permanecía aún de pie animando a sus padres con las travesuras propias de su edad, su destino estaba floreciente; su buena suerte no tenía límite, su futuro se pintaba color de rosa.
Muy pronto fue un joven arrogante y vigoroso, la felicidad le sonreía cada mañana. En estos pensamientos estaban cuando aparecieron nuevos amigos y muchos compañeros que lo querían y lo cercaron; lo buscaban por las mañanas y por las tardes; su presencia no faltaba, eran muchachos, se decía que tenían la mejor posición económica, manejaban lujosos automóviles y juntos iban y venían a la escuela.
Era gente grande, poderosa y de cuidado, se les veía paseando en sus bonitos carros. Con el tiempo el joven fue quedando atrapado en ese ambiente, tan es así que empezó a cambiar de personalidad, decían a manera de disculpa que estaba en la crisis de la madurez emocional por su edad de adolescente, pero la siempre llevaba prisa por llegar y extender sus redes con púas envenenadas.
Hoy con su mente despedazada recorre su vida sin ninguna dirección precisa, sus pensamientos ahora no tienen color, quizá tampoco tengan sabor, está en un vacío sin tiempo, recorre las calles por última vez, siempre de blanco. Tiene la figura de un hombre, su gesto se está haciendo más triste, el color de su piel blanca es casi amarilla, está opaco, el brillo juvenil de sus ojos claros va cambiando también, casi no come, poco a poco sus fuerzas naturales lo están abandonando y su paso es más lento. Se dice que se aproxima a la meta que ganará sin competir.
El joven de blanco sale por la misma ruta, va recorriendo las calles, callado, derrotado, de vez en cuando apresura su caminar, frecuentemente lleva una bolsa que aprisiona con sus manos temblorosas, son algunos productos naturales que recoge en alguna granja o huerta, tal vez naranjas, papayas, limones, tamarindos, ciruelas, etcétera, las lleva a vender a los restaurantes y bares de la localidad, algunas familias que lo recuerdan y le guardan consideración le compran lo que humildemente vende casa por casa en la comunidad.
Ese dinero que gana con el sudor de su frente es seguramente para comprar esas píldoras de fuego que le queman las entrañas y están en cualquier esquina acechando a los jóvenes. Allá están cada noche y ahora también cada día, son las trampas de los nuevos tiempos para la niñez y juventud, que los envuelve hacia una nueva sociedad que va rumbo al precipicio.
¿Cuándo vendrán esos hombres libres que pueden transitar por esas esquinas oscuras y prendan en lo más alto una lámpara con tanta luminosidad para que los jóvenes no caigan en esos abismos donde hoy está vagando el joven de blanco?
Ahí queda una madre atormentada, impotente y perdida en la confusión de pensamientos, llena de dolor y presagios, esperando el momento; tiene un hijo sentenciado a muerte. Pronto emprenderá un viaje que lo llevará al final del camino de las malditas drogas que cada día inundan más las calles de la señorial villa de Quilá. Al principio su madre se resistía; pero ahora se le puede ver por las mañanas, por las tardes y todo el día en el santuario platicando con la virgen, sus ojos nunca están secos, su rostro envejecido, su corazón y todo su ser no descansa, la madre es como una sombra compartiendo la suerte del joven de blanco, su hijo tan querido está sufriendo, no lo desamparará nunca.
https://apps.culiacan.gob.mx/gaceta/archivos/GACETA_NOVIEMBRE_2023.pdf





